miércoles, 30 de marzo de 2011

QUIERO JUGAR

Lo que más extraño de mi infancia es a mis amigos con los que podía jugar por horas y nunca nos cansábamos.
En el colegio no podía faltar el juego de las chapadas o cualquier variación que a uno de nosotros se nos ocurría. Una época se nos dio por saltar liga y a los chicos, el trompo. Luego pasó de moda y jugábamos yases. También tuvimos nuestra época de saltar soga. No voy a olvidar la vez que me puse a jugar Lingo con mi primo y me caí de cara. Tuve que ir al colegio con mi costra por varios días, pero valió la pena.
Tuve la suerte de pasar mucho tiempo con mis primos con los que jugué Siete Pecados, el Tesoro Escondido, Charada  y hasta carnavales. Jugábamos a inventar canciones, a recitar poemas como si fuera un rap y después de muchos años, cuando ya estábamos más grandes tuvimos nuestro “Reencuentro de primos” y jugamos Telefunken toda la madrugada.
Con mis amigas entrenábamos vóley, pero cuando nos aburríamos jugábamos con la tierrita a hacer túneles o pasteles, dependía de nuestro estado de ánimo: a veces queríamos ser ingenieras; otras, cocineras. Jugábamos a ser grandes y era divertido; ahora que soy grande quisiera volver a jugar como antes.
Todos estos juegos eran lo máximo y lo mejor, eran gratis. Éramos sólo nosotros y nada más. Si no había pelota algo se nos ocurría. No necesitábamos gastar ni un sol para alquilar una cabina, no dependíamos del acceso a Internet ni de la contraseña WiFi. Nos reíamos como locos, aprendimos a escuchar nuestras voces, a ver nuestros gestos, aprendimos a estar en grupo y a no caer chinchosos. Aprendimos a establecer nuestras propias reglas, a imaginar, a soñar…

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